miércoles, 20 de mayo de 2009

No era para nosotros

Nos encontramos, por equivocación, en el lugar correcto para que las miradas se cruzaran. Y no fuimos nosotros, fue la luna, y fue octubre, y aquel día que era lunes, y el absurdo deseo de quedarme sentada contemplando tus manos que no vería otra vez, y la curiosidad de entender que pasaba debajo de tu piel. Y después fue el encanto de tu mirada antigua, tu sonrisa de niño y el calor de tus manos, la dicha de saber que existías, y de que tu existencia se cruzaba, aunque fuera a destiempo y por error, con la mía. Y luego la certeza de que no habría manera de entender el misterio, y el caos agigantándose en el pecho, las voces tropezadas de mi madre y mi abuela hablando de que el amor no basta: hay que hacer lo correcto. Al final la traición de las palabras que dijeron aquello que no quería decir, las ganas encontradas de correr y quedarme.
Ahora es esta grieta tatuada en la epidermis por la que puedo ver mi corazón acurrucado, sin ganas de ser piel, porque tus manos ya no estarán ahí para sentirlo. Y pienso que ese encuentro no era para nosotros, era para alguien más. Ellos habrían sabido conjurar a la luna, acariciar al viento de una tarde de octubre, beberse a fondo un mirar sibarita; habrían sabido incluso decir lo que sentían, aquello que esperaban -porque las esperanzas siempre esperan­-; habrían sido ellos mismos, sin ningún artificio; y les habría bastado con mirarse a los ojos, entrelazar las manos, para entender que el destino nunca se equivoca, y que los encuentros en días de luna llena siempre suceden en el momento justo.

jueves, 14 de mayo de 2009

La vida sigue disparando

Leo a Fernández-Latrrea en un libro prestado. Sé que debo devolverlo pronto. Sí, tengo la costumbre de devolver los libro cuando sólo son préstamos, sino me queda el sentimiento de haberme apoderado de un hijo que no es mío.
Hay un poema que leído muchas veces, quizá porque está al principio del libro y es fácil encontrarlo, o quizá porque el yo poético es el viejo Marlowe, en un mundo violento en el que las cicatrices lo mismo son producto de bala o cuchillo o labios de mujer.
Entonces me imagino al detective de Chandler, con el rostro de Humphrey Bogart, entrando a un hotelucho de los Ángeles, aunque pudiera ser la Habana o Casablanca, con una joven prostituta que tiene, no sé porque extraña asociación cinematográfica, el rostro de Ingrid Bermang.
El viejo detective, y sé que es él porque para mí no hay más Marlowe posible, se queja de que "los tiempos gloriosos ya pasaron" y le pide a la chica que obvie las caricias porque está de regreso "de la peor de las guerras".
Y aquí el asunto mío, pasiva espectadora de este mundo instaurado, es sólo percatarme de que el tiempo va dejando muescas en forma de pregunta que no tiene respuesta, de recuerdos que nunca sabremos si son falsos, y en ausencias más hondas que el cuerpo que las produjo.

lunes, 11 de mayo de 2009

Las palabras de otros...

Leo la tesis de un compañero de maestría, Roberto Martínez Garcilazo. Su tercer capítulo habla de la escritura como sabiduría de sí mismo. cita a Foucault, a San Antonio, a Plutarco. Me apropio de una idea: La escrirura como recolección del logos, de lo leído, lo escuchado y lo pensado, un medio para relacionarse con uno mismo a partir de las plabras de otros.
Cierto, esto que soy ahora, que estoy siendo, parte de las lecturas realizadas: leemos libros, pero también canciones, dibujos y miradas. Nos vamos construyendo en relación al mundo, seleccionando aquello que responde a una intíma intuición de quienes somos; por eso vistamos de forma recurrente, autores y paisajes, amigos y sonidos en los que podemos encontrarnos a nosotros mismos.
Aprendemos, nos aprendemos, en la medida que somos capaces de aprender al otro, de identificarnos, pero también de sabernos distintos y complementarios. Abrazar a un amigo, amar el arte, es abrazar y amarnos a nosotros mismos.

domingo, 10 de mayo de 2009

Llueve...

Apenas una brisa húmeda se cuela por la ventana abierta. Un poco del paisaje: los arcos superiores del mercado La Victoria, el rostro de un dragón, y los restos del día que se deshoja. Poco ruido, la gente se esconde y el frío toma las calles.
Tengo ganas de salir a caminar debajo de un paraguas o un impermeable azul, pero no hay impermeables ni paraguas. Tampoco voluntad, porque me quedo aquí, mirando el mundo, un retazo del mundo, por la ventana abierta y sintiendo en el costado izquierdo la caricia del frío que pasa sin permiso.
Y evoco caminatas en calles empedradas, otra ciudad barroca, otro día entristecido y una sonrisa cálida. La humedad en el aire y en el cuerpo. Un pasado colmado de promesas en las que no se vislumbraba este futuro.
Hace frío. Quizá bastaría cerrarle la ventana, pero tampoco hay voluntad para extender el brazo y dejarlo rumiando detrás de los vitrales. Apenas voluntad para cerrar los ojos e inventar un paraguas, o un impermeable azul, y caminar aquellas otras calles, debajo de otra lluvia.

sábado, 9 de mayo de 2009

Dicotomías

Lotman dice, palabras más, palabras menos, que todo texto nos muestra dos mundos antitéticos con un límite definido y nos cuenta la historia de un personaje que traspasa el límite: realidad/fantasía, ricos/pobres, capitalistas/comunistas, policías/ladrones, ellos/nosotros. En el fondo de toda historia existe este conflicto sobre el que se dibuja el camino del héroe.
Hace unos día, navegaba en la red buscando antagonismos: bien/mal es el primero, quizás el más común, lo que cambia es la manera en que los hombres traducen bueno/malo. Me encontré con la frase se Sócrates que dice: No existen hombres malos, hay hombres ignorantes; no existen hombres buenos, sino sabios. Tendríamos que asumir, para aceptar el razonamiento del filósofo, que la sabiduría implica mucho más que información y astucia.
Hay un canadiense, Lonergan, se llama, mucho más radical: no existen hombres buenos, sino inteligentes, no existen hombres malos, sino estúpidos. Es lógico si aceptamos: todos y cada uno formamos parte del ser humanidad; al hacer daño al mundo, al ser humano que tenemos en frente, a la larga nos estamos dañando a nosotros mismos, al ser humanidad que conformamos todos, contribuimos a nuestra destrucción. Toda criatura tiende a preservarse y a preservar su especie, lo contrario es sin lugar a dudas muy estúpido.

viernes, 1 de mayo de 2009

Es uno de esos días...

Me duele el tobillo. Hace un par de horas, al bajar del taxi, no me percaté de un desnivel en la banqueta y se dobló. Ahora me duele. También me duele (aunque menos), la pantalla estrellada de la lap. Con el dolor deje caer la mochila y ahora hay una telaraña de cristal entre lo que escribo y yo. Afortunadamente sigue funcionando.
El tobillo inflamado, latiente, el piquete que siento al caminar, me hacen prestar atención a mis pies, quizá por eso recuerdo una novela que leí hace ya muchos años, más de diez, La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín. No recuerdo la historia (tenía algo que ver con guerrilleros, creo), pero sí las cartas que Mercedes le enviaba a Vigil, particularmente una: Al reverso de una fotografía de sus pies, Mercedes escribió: “Te presento a mis pies que nunca has visto, porque siempre andabas entretenido con todo lo demás”.
Creo que en general no vemos nuestros pies, no les prestamos atención excepto cuando duelen, por una torcedura o un clavo enterrado, cómo le pasa a uno de los personajes de No volverán los trenes de Andrés Acosta, ¿Arquímides? No sé, ahora no recuerdo exactamente el nombre, pero es sólo hasta que siente la carne atravesada cuando se pregunta, ¿para qué sirve un pie? Yo ahora pienso en eso y trato de imaginar posibilidades más allá de las comunes, como una manera de distraer la atención del dolor insistente y de la telaraña que se extiende delante de estas letras.