viernes, 1 de mayo de 2009

Es uno de esos días...

Me duele el tobillo. Hace un par de horas, al bajar del taxi, no me percaté de un desnivel en la banqueta y se dobló. Ahora me duele. También me duele (aunque menos), la pantalla estrellada de la lap. Con el dolor deje caer la mochila y ahora hay una telaraña de cristal entre lo que escribo y yo. Afortunadamente sigue funcionando.
El tobillo inflamado, latiente, el piquete que siento al caminar, me hacen prestar atención a mis pies, quizá por eso recuerdo una novela que leí hace ya muchos años, más de diez, La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín. No recuerdo la historia (tenía algo que ver con guerrilleros, creo), pero sí las cartas que Mercedes le enviaba a Vigil, particularmente una: Al reverso de una fotografía de sus pies, Mercedes escribió: “Te presento a mis pies que nunca has visto, porque siempre andabas entretenido con todo lo demás”.
Creo que en general no vemos nuestros pies, no les prestamos atención excepto cuando duelen, por una torcedura o un clavo enterrado, cómo le pasa a uno de los personajes de No volverán los trenes de Andrés Acosta, ¿Arquímides? No sé, ahora no recuerdo exactamente el nombre, pero es sólo hasta que siente la carne atravesada cuando se pregunta, ¿para qué sirve un pie? Yo ahora pienso en eso y trato de imaginar posibilidades más allá de las comunes, como una manera de distraer la atención del dolor insistente y de la telaraña que se extiende delante de estas letras.

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