jueves, 14 de mayo de 2009

La vida sigue disparando

Leo a Fernández-Latrrea en un libro prestado. Sé que debo devolverlo pronto. Sí, tengo la costumbre de devolver los libro cuando sólo son préstamos, sino me queda el sentimiento de haberme apoderado de un hijo que no es mío.
Hay un poema que leído muchas veces, quizá porque está al principio del libro y es fácil encontrarlo, o quizá porque el yo poético es el viejo Marlowe, en un mundo violento en el que las cicatrices lo mismo son producto de bala o cuchillo o labios de mujer.
Entonces me imagino al detective de Chandler, con el rostro de Humphrey Bogart, entrando a un hotelucho de los Ángeles, aunque pudiera ser la Habana o Casablanca, con una joven prostituta que tiene, no sé porque extraña asociación cinematográfica, el rostro de Ingrid Bermang.
El viejo detective, y sé que es él porque para mí no hay más Marlowe posible, se queja de que "los tiempos gloriosos ya pasaron" y le pide a la chica que obvie las caricias porque está de regreso "de la peor de las guerras".
Y aquí el asunto mío, pasiva espectadora de este mundo instaurado, es sólo percatarme de que el tiempo va dejando muescas en forma de pregunta que no tiene respuesta, de recuerdos que nunca sabremos si son falsos, y en ausencias más hondas que el cuerpo que las produjo.

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