domingo, 10 de mayo de 2009

Llueve...

Apenas una brisa húmeda se cuela por la ventana abierta. Un poco del paisaje: los arcos superiores del mercado La Victoria, el rostro de un dragón, y los restos del día que se deshoja. Poco ruido, la gente se esconde y el frío toma las calles.
Tengo ganas de salir a caminar debajo de un paraguas o un impermeable azul, pero no hay impermeables ni paraguas. Tampoco voluntad, porque me quedo aquí, mirando el mundo, un retazo del mundo, por la ventana abierta y sintiendo en el costado izquierdo la caricia del frío que pasa sin permiso.
Y evoco caminatas en calles empedradas, otra ciudad barroca, otro día entristecido y una sonrisa cálida. La humedad en el aire y en el cuerpo. Un pasado colmado de promesas en las que no se vislumbraba este futuro.
Hace frío. Quizá bastaría cerrarle la ventana, pero tampoco hay voluntad para extender el brazo y dejarlo rumiando detrás de los vitrales. Apenas voluntad para cerrar los ojos e inventar un paraguas, o un impermeable azul, y caminar aquellas otras calles, debajo de otra lluvia.

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