martes, 11 de agosto de 2009

Tengo cinco minutos...

...antes de que cierren el café, antes de que el mesero-niño de sonrisa amable me traiga la cuenta sin que se la pida. No sé bien a bien por qué escribo lo que escribo, no sólo esto, sino todo. Ensayo una respuesta, quizá porque queda poco tiempo y si la idea queda inconclusa puedo culpar al prójimo. Siempre es bueno echar la culpa al prójimo de dejar inconclusas las ideas, las historias. Todo termina por culpa del otro. uno lo único que puede hacer es ir sobrellevando esas historias que se quedan en anécdota. Pienso en la mujer de la intendencia que ayer por la mañana leía los cartelitos pegados en las puertas de los baños con frases de Madame Bovary, se apenó cuando vio que la observaba, bajó la vista. ¿Qué le parece? le pregunté. Se ve que está buena, dijo. Pues debería leerla. No, a nosotros no nos prestan los libros. ¿Está segura? No, nunca he preguntado. Hay personas que asumen que no tienen derecho a la belleza, así, sin preguntar. Todos deberíamos sentirnos merecedores de lo bello. Quizá por eso escribo, para crear una belleza simple, al alcance de todos, quizá porque no es del todo bella, porque es para lo que me alcanza la imaginación, para una belleza que no lo es, y para lo que alcanza este mundo en el que los cafés con buen café cierran a las nueve de la noche y la dejan a una con las palabras metidas en el cogote sólo por no empezar a escribir un poco antes. Me voy, antes de que pongan los candados.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Quizá la lluvia

Llueve. A través de los cristales de la biblioteca puedo ver los jardines del campus. El pasto parece de un verde más intenso a esta hora de la tarde que se humedece. La lluvia siempre me provoca nostalgia --el problema con las emociones que me provocan el clima o el paisaje es que siempre resultan lugares comunes.
Van dos semanas que me siento cada día, de 9:30 a 2:30 y de 4:00 a 6:30, frente a esta misma computadora, y es la primera vez que despego la vista del monitor para ver más allá del ventanal y su gama de verdes, azules y grises. O al menos es la primera vez que miro con atención la cuesta, los árboles pequeños, los arbustos...
¿Qué hay de extraordinario este día en el paisaje que me captura ahora como no lo hizo la semana pasada o hace cuatro días? Quizá la lluvia. La única manera que tiene el cielo de acariciar la tierra, de hacerla sonreír. Por eso se ilumina a pesar de que es tarde.
El problema de la nostalgia que provoca la lluvia es que me pongo cursi y me dan ganas de llover caricias sobre una que otra piel.

lunes, 3 de agosto de 2009

Extrañezas I

Imagina que un día caminas por la calle, frente al antiguo mercado la Victoria, es uno de esos días en que te sientes frívola y observas las vitrinas con ganas de atestar tu armario de zapatos de tacón que nunca te pondrás. Te detienes y piensas que en lugar de elegir entre castaño y negro, si tuvieras dinero suficiente comprarías ambos pares. Un hombre se te acerca, te dice: "me atrevo a molestarla porque hay algo importante que usted debe saber". Lo miras, con su corta estatura, su frente despoblada, bigote recortado estilo Pedro Infante, guayabera azul claro, un bastón en que apoya su cojera. Lo miras, con tu seño fruncido por la desconfianza. Te dice: "Es que yo tengo el don de leer el aura y la suya es muy clara, luminosa, pero hay un punto negro a la altura del vientre, alguien le puso un mal". Respiras, y lo escuchas hablar pacientemente. Esperas al final la tarjeta ofreciendo servicios de limpia, brujería, lectura del tarot, pero no llega. El hombre sólo dice, "está usted advertida, haga algo al respecto. ¿Quiere darme un abrazo?". Tú contestas que no. Y te vas a tu casa con un poco de miedo azuzando tus pasos.