miércoles, 5 de agosto de 2009

Quizá la lluvia

Llueve. A través de los cristales de la biblioteca puedo ver los jardines del campus. El pasto parece de un verde más intenso a esta hora de la tarde que se humedece. La lluvia siempre me provoca nostalgia --el problema con las emociones que me provocan el clima o el paisaje es que siempre resultan lugares comunes.
Van dos semanas que me siento cada día, de 9:30 a 2:30 y de 4:00 a 6:30, frente a esta misma computadora, y es la primera vez que despego la vista del monitor para ver más allá del ventanal y su gama de verdes, azules y grises. O al menos es la primera vez que miro con atención la cuesta, los árboles pequeños, los arbustos...
¿Qué hay de extraordinario este día en el paisaje que me captura ahora como no lo hizo la semana pasada o hace cuatro días? Quizá la lluvia. La única manera que tiene el cielo de acariciar la tierra, de hacerla sonreír. Por eso se ilumina a pesar de que es tarde.
El problema de la nostalgia que provoca la lluvia es que me pongo cursi y me dan ganas de llover caricias sobre una que otra piel.

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