jueves, 18 de noviembre de 2010

Me crece la nostalgia...

...humeda y verde. El alma adquiere la apariencia de esos muros construidos a la orilla de una playa tropical. Una nostalgia hermosa, lo confieso (y por hoy es todo lo que puedo confesar).
No hay motivos aparentes (o tal vez se esconden debajo de esa capa de musgo que va cubriendo el alma), para sentir este desasosiego, así que invento algunos, también inconfesables.
Pienso en algunas calles por las que no camino, lugares a los que ya no asisto, promesas que ya jamás se volverán recuerdos, recuerdos que procuro desterrar. Y todo está en su sitio. El mundo se acomoda de la mejor manera y a veces nos asusta, pero no es su intención.
Divago. En mi ventana no hay escarabajos, tal vez porque yo no he soñado con ninguno, pero lo que soñé tampoco está.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Hace ya tanto que no escribo...

...pero ¿qué escribir que no suene a quejumbrosa enumeración de los males que aquejan este puerto que habito desde hace nueve meses, a miedo disfrazado de reproche contra el mundo en que vivo?
Recuerdo un tiempo en que las puertas estaban abiertas y las mujeres se sentaban en la calle a ver pasar la vida, a tomar cerveza, a conversar; y la gente saludaba al pasar en voz alta, con gritos; y uno podía caminar de madrugada junto a otros desvelados o madrugadores que hacían que la oscuridad no fuera tenebrosa.
Y aunque a simple vista parece que las cosas no han cambiado mucho, lo cierto es que cambiamos. Ahora las madrugadas se vacían, incluso de fantasmas; en las casas hay rejas dónde antes había viento.
¿Qué escribir, qué no venga la realidad a reirse de la imaginación?

jueves, 6 de mayo de 2010

Un sorbo de hipnotismo

Hace algunos años, más de diez, un pescador me dijo que es sencillo pescar con luna llena. El pez busca la luna reflejada en el agua para beber un sorbo de hipnotismo. Los pescadores tiran sus redes tristes en la luz de la luna y atrapan el milagro.
Me contó que en las noches sin luna, ellos tratan de engañar a los peces, arrojan candiles encendidos con la esperanza de que algún pececillo despistado crea que la luna se volvió más pequeña. Pero son tantas luces que los peces no aciertan a seguir a ninguna y las redes fracasan.
Lo recordé, no sé si porque ayer miraba el mar y extrañaba a la luna, o porque hace unas semanas caminaba en la playa y veía las redes de los pescadores tendidas en la arena, a la espera de una noche de luna.
Y me andado unas ganas infinitas de nadar una noche hasta el lugar exacto al que acuden los peces para beber un sorbo de hipnotismo.

sábado, 24 de abril de 2010

Enamorarse es tan fácil como dejarse caer

Ayer, mientras el autobús me conducía de Uruapan a Morelia, además de mirar los lagos por la ventana, veía a ratos una película sobre el Haudini, Death defying acts se llama, y en términos generales se trata de que una vidente que intenta estafar al escapista termina enamorándose de él. Ella le dice: "Enamorarse es tan fácil como dejarse caer". Lo que no precisa es la altura de la caída. Quizá porque soy originaria de Acapulco, lo que me imagino es a alguien dándole la espalda a los acantilados de la Quebrada con antorchas encendidas en las manos. Desde esa perspectiva, sí, enamorarse es tan fácil como dejarse caer.

martes, 20 de abril de 2010

De la ausencia y el tamaño de las bolsas

Alguien, a quien conozco poco y cuyo rostro no recuerdo me pide que el próximo sábado acuda al Bar del Puerto y que lleve un ejemplar del libro porque quiere comprarlo. Asevera que un libro entra perfectamente en mi bolsa, porque uso bolsa grande, y que eso es algo que todo el estado de Guerrero y parte del de Morelos sabe.
Nunca he creído que el tamaño de una bolsa (que en realidad lo que uso son esos morrales que regalan en los congresos o en las librerías si tu compra lo amerita) sea algo que identifique a una persona, pero el asegura que incluso marca la presencia de alguien en un lugar. Añade:
-El día que usted nunca llego al Bar del Puerto una bolsa grande estaba ahí y alguien dijo, Iris si va a regresar porque dejo su bolsa, fue a comer tacos; y yo vi la bolsa y era grande.
Ante esa lógica no puedo más que pensar que está equivocado, si nunca llegue al bar, esa bolsa no era mía, ergo, eso de que uso bolsas grandes es una falacia. Sin embargo insiste, no sólo con esta, sino con una serie de aseveraciones que lo único que indican es que no me conoce, pero no me sorprende.
Lo que me sorprende de todo esto es la capacidad de una persona por aferrarse a las ideas equivocadas, por insignificantes que estas sean con tal de mantener una conversación cuando lo más apropiado, y agradable para el interlocutor, es que le pregunten y ya.

martes, 13 de abril de 2010

Insomnio

Hay veces en que al día no le bastan 24 horas para ser. Se expande. Alarga sus minutos intentando alcanzar la eternidad. Atrapa al día siguiente. Lo ahoga. Y uno queda varado en la viscosidad del sus entrañas. ¿Qué hacer con un día muerto aún antes de nacer? Lo mejor es fingir que esta madrugada nunca estuvo preñada, que el alba no murió antes de ser parida, irse a dormir aunque el sueño se rebele a seguir siendo esa barrera que separa los días en la conciencia, cerrar los ojos sin sueño y mantenerlos así hasta que el día muerto se disuelva y podamos convencernos de que la noche larga nos era necesaria. Ayer ha devorado casi la cuarta parte del no día y yo no sé que hacer con el insomnio.

domingo, 4 de abril de 2010

Tú no tienes la culpa mi amor

Ayer, a las 5:40 de la tarde, abordé un autobús Vacacional-Garita-Centro. Miré, con la extrañeza acumulada en seis años de distancia, las calles, siempre rotas por culpa de raíces que crecen sin importar los límites impuestos por el pavimento; la gente, más dispuesta a la desnudez que a la etiqueta. Todo es al mismo tiempo familiar y distinto.
Distinto es el tema de conversación que se entabla de manera espontánea entre desconocidos: dos que hacen cola para las tortillas, un taxtista con su pasajero, dos que miran a través de la ventana de un autobús Vacacional-Garita. Ahora se habla de la balacera que hubo por Ejido, de la gente corriendo en la curva de la Farallón, de las veces que una bala perdida le ha tocado a un civil.
En eso pienso cuando tres hombres escasamente vestidos, armados con guitarra y yambés, trepan al autobús. La primera canción es Lágrimas de oro: "Tú no tienes la culpa mi amor, que el mundo sea tan feo; tú no tienes la culpa mi amor, de tanto tiroteo."
Recuerdo que la primera vez que escuché esa frase no fue en voz de Manu Chao. Era 1998, y quizá yo lloraba, no recuerdo el motivo, pero en aquellos años lloraba todavía porque el mundo era pinche y yo aún lo sentía como algo personal. Alguien detuvo el coche y me dijo: "Tú no tienes la culpa mi amor, que el mundo sea tan feo". Sólo eso. Y Bastó.
Familiar es el aire de indolencia mezclado con la brisa que permite a la gente hablar de los matanzas sin temor. Siempre se habla de todo sin temor, incluso de la muerte. Quizá porque sabemos desde siempre que la gente se sacude el calor blandiendo los machetes, que más da si ahora son balazos.
¿Por qué habría que asustarse? Eso es asunto de ellos, de los narcos, mala suerte si te toca pasar en medio de las balas, hay que aprender a tirarse en el piso y cubrir la cabeza. Ya hay correos electrónicos informado de todo lo que debe saber aquel a quien le toca la de malas.
Quince minutos antes de las siete bajo del autobús. Han pasado cuatro años desde la balacera en la Garita y se han acumulado muchos muertos. Y yo vuelvo a creer que el mundo es pinche. Y vuelvo a tener ganas de llorar. Y los hombres bajaron en el Cine Río. Y el hombre que detenía su coche para consolarme dejó hace mucho tiempo de ser parte de mi vida. Así que no hay quien diga: "Tú no tienes la culpa mi amor..."

viernes, 22 de enero de 2010

Tomo café...

Ayer leí "La maleta de mi padre", de Orhan Pamuk y sentí envidia. Envidia por esa necesidad que a veces no siento de encerrarme a solas frente a una mesa, con una computadora o una máquina de escribir, o una libreta. Encerarme a escribir o a dialogar con las palabras de otros que se sentaron antes, a solas, frente a una mesa, con una computadora o una máquina de escribir o una libreta o unas hojas en blanco. Hay días en que quiero contar historias y construirme un mundo mejor y distinto al que percibo. Hay días en que prefiero mirar a las estrellas o practicar conjuros o decir frases mágicas o acomodar los muebles de manera que logren que el mundo que percibo sea mejor y distinto. Hay días, como hoy, en que a pesar del peso de la envidia por aquellos que puden, siempre pueden, encerrarse a escribir, a crear otros mundos mejores y distintos, yo sólo quiero o puedo, sentarme a percibir el mundo en el que habito y no sé, y es deverás, no sé, como decostruirlo y construirlo, y aunque tomo café (porque no fumo, quizás es lo que falta, y entonces no me puedo sentir como escritor a solas construyendose mundos mejores y distintos) no encuentro en mi interior ese impulso tenaz de buscarme palabras capaces de transformar el mundo.

martes, 19 de enero de 2010

El mundo me resulta extraño...

Hay algo a la mitad de una opresión y un cosquilleo que brota en mi garganta y se desliza. Hay algo como un latido dislocado que pasea en mi cabeza. Hay algo, como furia y dolor resistentes al llanto, que invade la pupila. Hay algo inválido y con ganas de correr mordisqueando mis pies. Hay algo sin sentido en respirar un mundo que nos ata de manos y de pies a una cama sin sexo y sin amor. Hay algo amargodulce en dejar un lugar que nos habita. Hay algo que no cabe en las palabras y sin embargo existe.