viernes, 22 de enero de 2010

Tomo café...

Ayer leí "La maleta de mi padre", de Orhan Pamuk y sentí envidia. Envidia por esa necesidad que a veces no siento de encerrarme a solas frente a una mesa, con una computadora o una máquina de escribir, o una libreta. Encerarme a escribir o a dialogar con las palabras de otros que se sentaron antes, a solas, frente a una mesa, con una computadora o una máquina de escribir o una libreta o unas hojas en blanco. Hay días en que quiero contar historias y construirme un mundo mejor y distinto al que percibo. Hay días en que prefiero mirar a las estrellas o practicar conjuros o decir frases mágicas o acomodar los muebles de manera que logren que el mundo que percibo sea mejor y distinto. Hay días, como hoy, en que a pesar del peso de la envidia por aquellos que puden, siempre pueden, encerrarse a escribir, a crear otros mundos mejores y distintos, yo sólo quiero o puedo, sentarme a percibir el mundo en el que habito y no sé, y es deverás, no sé, como decostruirlo y construirlo, y aunque tomo café (porque no fumo, quizás es lo que falta, y entonces no me puedo sentir como escritor a solas construyendose mundos mejores y distintos) no encuentro en mi interior ese impulso tenaz de buscarme palabras capaces de transformar el mundo.

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